Carmen Posadas pertenece a la familia de las Mantis Religiosas, como Katharine Hepburn. Te plantas delante de ella y ya te tiene, es como si en un latigazo fuera a desenrrollar sus zarpas y cortarte en dos la cabeza y sorberte los sesos allí mismo mientras te desplomas sobre el suelo y ella te mirara con sus ojos de escafandra. Bien, lo que se dice bien, no la conoce nadie. Es mucho más de lo que parece. En público está escondida dentro de sí misma, como si su cuerpo fuera una nave espacial que ella conduce sentada dentro de su cabeza y mirara el mundo a través de las ventanas de sus ojos.

Pero al contrario que las Mantis, ella siempre va con prisa. Acostumbrada a las cámaras y a los medios, pasa de uno a otro muy tranquila, pero sin pausa, dejando hacer, hasta que, perfilado el periodista, lo ignora o lo domina. Donde va siempre hay alguien esperándola, otro periodista, un organizador, una admiradora, un amigo, su propia agenda. Es como si quisiera acabar cuanto antes y volver a la seguridad de su gabinete y de su escritura.

Hace tiempo que dejó de interesarle la prensa, la exposición pública y la vanagloria, y sin embargo se mantiene al día. Es guapa, atlética, joven, más niña ahora que cuando era aún más joven, pero también más oculta y reservada, y más sabia. Carmen Posadas es lo que se entiende por una mujer completa, con sus miedos y sus fantasmas. Ha vivido todo, está viviendo todo, y aún le queda todo por vivir. Se siente segura, respetada y le gusta lo que hace ¿Qué más puede pedir?

Lo que sucede con Carmen es que es parte de la familia. Puede estar leyendo ahora a Dotoviesky o a Suetonio, riéndose con las líneas no escritas en la prensa, ojeando a algún autor vivo “para ver qué hacen mis colegas” o escribiendo su próximo libro mientras nosotros escribimos este artículo. O a lo mejor hoy mismo nuestras lecturas se cruzan, o coinciden y estamos leyendo el mismo libro y descubriendo la misma música en la misma página. Y claro, así es fácil volver a La Torre con una huésped más en el carruaje.

Hay dos clases de escritores: los escritores cojos y los escritores ciegos. Los escritores cojos usan de varias muletas, la trama perfectamente definida, la estructura ya resuelta en capítulos. Los escritores ciegos no saben cómo va a evolucionar la novela, tienen una idea, comienzan a escribir y se internan en el desierto. Escriben algo en un capítulo que luego sirve para otro. Es casi mágico, pero funciona. Yo soy una escritora ciega.

¿Carmen, Hay alguna manera de zafarse de las entrevistas, viajes, promociones y poses para los fotógrafos para vender un libro?
Bueno, la verdad es que no. Lo que peor llevo de todo eso es que vives a dos velocidades. Escribir es un acto muy solitario y necesita mucha introspección, mucha reflexión y mucha tranquilidad, pero luego hay que vender el libro. Hay que salir y hacer muchas entrevistas. Y como tengo la suerte de que mi obra está traducida ya a veinte idiomas, resulta que me paso la mitad de la vida en aviones. Es tremendo, pero bueno. Lo llevo bien porque me encanta viajar.

Durante un tiempo presentaste un programa en televisión, Entre líneas, sobre libros. Hay quien opina que los programas de libros no sirven para nada, ni para crear lectores.
Bueno, estoy de acuerdo en relación con los programas que se han hecho aquí en España. Incluso el que presenté yo, que sólo lo presentaba, no lo dirigía. Pero hay programas de libros, como el que hacía en Chile Antonio Skármeta, que son maravillosos. El problema de los programas de libros, tal y como se conocen en España, es que son programas de radio, no de televisión. Un plano fijo de un escritor que suelta su rollo y el presentador que suelta el suyo. Se puede hacer programas mucho más amenos y divertidos, como aquél de Skármeta.

No sabemos si ese tipo de programas generaría lectores.
Yo creo que sí. Mira, una de las cosas que más me sorprende es la cantidad de gente que quiere ser escritor. Es como un boom. Con lo difícil que es.

Los niños todavía quieren ser bomberos.
Ah, no. Ya no. Ahora quieren ser famosos.

A lo mejor es que escribir es tomarse la vida demasiado en serio.
Que va, al contrario. Yo creo que la vida es demasiado seria como para tomársela en serio. Por eso toda mi literatura, incluso cuando hablo de cosas prácticas, siempre tiene un componente de humor muy grande, porque el humor es lo único que hace tolerable esta vida. Bueno, aparte del amor, claro. Humor y amor.

¿Por qué crees tú que la felicidad es tan mala materia dramática o literaria?
Es cierto que con buenas intenciones no se hace buena literatura. Todas estas novelas llenas de buenas intenciones que circulan ahora a lo mejor sirven para un librito New Age, pero para poco más. Creo que a Paulo Coelho le va bien con la receta, pero no hace buena literatura.

¿Por qué no?
Bueno, si a Paulo Coelho le va tan bien debe de ser que hay una literatura de la felicidad, lo que es una engañifa porque da unas recetas muy estúpidas. Lo que creo es que la buena literatura te pone más en contacto con la realidad, con todo lo bueno y con todo lo malo. No es que necesariamente te haga desgraciada, sino que te hace vivir más, entender más la vida.

La literatura es algo impúdico. Es como un strip-tease. Hay que desnudarse. Y si no, no sale bien la novela.

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¿Tú crees que un escritor bien educado puede generar una obra sorprendente?
(Risas). ¿Son peores escritores los educados que los mal educados?

No, pero tal vez a los espíritus delicados les cueste más sorprender.
(Más risas). Desde luego la literatura desdice absolutamente eso que estás diciendo. Desde Proust hasta… yo qué sé. Todo el mundo que escribe está bastante bien educado. Los no educados no escribían, para empezar. Estaban haciendo otras cosas. Piensa que eran analfabetos. Yo creo que tiene que ver con la diferencia entre la acción y la reflexión. Y la reflexión siempre ha sido de personas educadas porque entre otras cosas los no educados no podían reflexionar porque no eran cultos y no podían manejar bien los conceptos.

No me refiero a los cultivados, sino a los bien educados en las formas. No molestar a quien tienes delante parece contrario a la sorpresa en una obra de arte, a que una obra te rasque por dentro, a exponer lo sórdido de la naturaleza humana.
No, eso no tiene nada que ver. Como dice y hace Vargas Llosa, el escritor escribe con sus demonios, no con sus angelitos. Y él es una persona muy bien educada en las formas.

¿Te afecta la crítica a la hora de abordar tu siguiente novela?
No mucho. Tengo que decirte que la crítica hace bastante tiempo que me trata muy bien, así que no me puedo quejar. De todas maneras, en este país la crítica no tiene mucho peso, porque no es objetiva. Cuando leo un periódico, me divierte leer las críticas porque leo entre líneas. Si las lees directamente te pueden confundir, porque cada crítico arrima el ascua a su sardina y tienen filias y fobias, pero leyendo entre líneas es muy divertido.

¿Conoces bien el mundillo literario?
Creo que si. Lo que pasa es que yo no estoy en ninguna capillita, lo cual es un problema porque a veces conviene. Te protegen. A los que vamos por libre, a los no alineados, nadie les protege, nadie te considera de su club, pero bueno, eso va en forma de ser. Yo soy una no alineada por naturaleza.

¿Te queda algo de esa visión de rayos X con la que ve un país un extranjero?
Bueno, tienes razón. Quien mejor describe un país es un viajero, porque lo ve desde fuera. A mí me queda aún ese ojo, que ya lo tengo perenne, porque no soy de ninguna parte. Cuando voy a Uruguay también tengo los rayos X para ver a los uruguayos, y cuando voy a Inglaterra y cuando voy a cualquier otro lado. Ser una no alineada y una desarraigada es bueno para la literatura. Para la vida es un desastre, pero para la literatura es muy bueno.

¿Para qué te ha servido esa visión en España?
Para retratar esta sociedad. En mis libros, independientemente de qué traten, sea un thriller o una novela de crímenes o lo que sea, lo que más me interesa es el retrato psicológico de los personajes y el retrato o sátira de la sociedad.

Antes me ocultaba detrás de personajes que no se parecían a mí en nada, a lo mejor tras un anciano gay de setenta años, o ponía mis pensamientos más inconfesables en boca de una niña de dieciséis. Ahora me desnudo directamente. ¡Y he descubierto que me gusta!

Recuerdo una novela tuya, Juego de niños, en la que el tema de la edad es recurrente.
Si. La edad es un tema que me ha preocupado muchísimo siempre, pero que más o menos lo exorcicé cuando escribí la biografía de La Bella Otero. Ahí maté ese fantasma. Pero bueno, en esa novela, puesto que mi personaje tiene mi misma edad y además se parece mucho a mi… sobre todo se parece a mí en los defectos. Pero ya que había creado a una mujer de mi edad, aproveché para exponer su óptica sobre los problemas a los que se enfrenta. El amor, la maternidad, todas esas cosas.

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Los empresarios, los ingenieros, los científicos cambian el mundo y no los conoce nadie. A los artistas de cualquier naturaleza, escritores incluso, os veneran. ¿No piensas que valoramos demasiado a los artistas?
¡Bueno, yo no veo tan claro que nos veneren! Hombre, tenemos más proyección pública que quien inventó la lavadora, porque entre otras cosas, él se habrá forrado con el invento y estará escondido en alguna casa en Sotogrande. Los escritores tenemos que tener una dimensión pública. Vender un libro es como vender otro producto. No, no pienso que nuestra sociedad valore excesivamente a los creadores. Yo creo que hoy día se valora a los famosos de pacotilla. Es lo que más mola.

Parece que la literatura que nos marca es la que leemos de niños. ¿Qué leíste tú de niña?
Si, eso es verdad. Yo tenía un padre que adoraba la literatura, y nos leía en voz alta. Nos leía Moby Dick, La Ilíada, Tintín, Sherlock Holmes. También a los escritores ingleses divertidos, tipo Woodehouse. Es lo que leíamos en en casa. Aquello era tan divertido…

Recomiéndanos un escritor actual que no seas tú.
Pues mira, voy a recomendar dos. Dos buenas novelas que leí hace algún tiempo y que me gustaron mucho. Una novela de Michelle Houellebecq, a quien yo era muy reticente, porque la gente que viene rodeada de mucha fanfarria me echa para atrás, pero descubrí que es un grandísimo escritor. Se titula La posibilidad de una isla. Y después, un escritor que no sé si conoces, Félix Palma.

Félix Palma, de Cádiz
Sí. Yo lo conocía como cuentista, antes de ganar el Luis Berenguer. Era algo extraordinario, vivía exclusivamente de los concursos literarios, lo que no es nada fácil. La novela con la que ganó el premio se llama Las corrientes oceánicas. Félix es bueno, muy bueno.

¿Es la literatura una manera de decir lo que en sociedad uno calla?
Sí, creo que sí. En realidad, la escritura siempre es una forma de decir lo que no se dice. El fenómeno de los mensajitos. ¿A que dices unas cosas que no dirías nunca a la cara?

Parece que sí.
La escritura tiene esa virtud.

El fin de La sonrisa vertical no me sorprendió. La literatura erótica tenía sentido cuando era marginal. Ahora todas las novelas integran ya lo erótico.

La ciencia no es un tema que cuele fácilmente en las obras literarias, salvo en la ciencia ficción.
Porque los escritores somos todos de letras.

Pero retratáis mal a la sociedad actual si no incluís la ciencia en vuestra obra.
Una cosa es que no tengas una mente científica y otra que no entiendas el mundo. Yo no tengo una mente científica, pero Michelle Houellebecq, por ejemplo, habla mucho de ciencia y de biología y de astronomía.

¿Vivimos una época abrupta?
Pues normal, mira. Plinio El Viejo ya decía que su mundo estaba peor que nunca, que aquello era el fin, que la juventud estaba corrompida, que su tiempo era un desastre. Y, en cambio, aquí seguimos. Creo que seguiremos muchos años diciendo lo mismo.

¿Tu receta?
Hay un método muy bueno para cambiar el mundo. Que cada uno piense que tiene la obligación de cambiar su pequeño mundo de alrededor. Es muy fácil y sería la solución.

No es tan fácil. Funcionamos en base a instintos.
Claro, por eso lo digo. Si pensáramos un poco y cada cual mejorara su parcelita todo iría mucho mejor. Pero lo veo muy complicado, la verdad.

Muchas gracias, Carmen
A ti. A vosotros. Suerte con La Torre.

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Fotografías: La Torre de Montaigne.
Con su sonrisa levemente cruel, posó para nosotros para multitud de fotografías, pero hemos preferido publicar las otras, de menor calidad, las que le tomamos a distancia y que muestran a la mujer distendida y risueña que se le escapa cuando no posa y no va de profesional.

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Eduardo Fdez-Martos Machado

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