Almoraima Ruiz

Almoraima Ruiz

 

CURRÍCULO A MODO DE PRÓLOGO

 

Cuando en alguna ocasión he tenido que detenerme a escribir un curriculum vitae para presentar mi poesía, nunca he sabido realmente cómo hacerlo. Si yo me presento sin ella, diré que nací en Algeciras y que he vivido en otras provincias de Andalucía, que actualmete resido en Algeciras y trabajo como intérprete de lengua de signos española.
Para hablar del acto poético siento mucha más responsabilidad ya que no deja de ser para mí un acto más de amor, de entrega. La diferencia con otras formas de expresión es que uno tiene que recoger trocitos de palabras que han caido sobre la tierra o están en una lágrima. O que algún niño ha puesto sobre un banco. Cuando se altera el orden en nuestro interior…
Palabras. Ustedes pueden encontrarlas casi siempre en la orilla del mar. Hay tantas palabras como algas. Sólo hay que sentarse y respirar. Tener Tiempo, un tiempo con mayúsculas, y cosas que contar. A veces son verbos usados, nombres que no nos importan, adjetivos que nada son sin su metáfora. Hasta las malas palabras… Y darles forma sobre el papel. Fiel al impulso que está detrás de ellas.
Escribo. Aunque de forma intermitente. Y me gusta recitar, sobre todo en compañía, sin que por ahora la publicación me tiente profundamente.
Preferiría dejar un poema en una plaza a pleno sol o mojándose sobre la lluvia.
Un solo verso para aquel que lo necesite o ande de imprevisto y lo recoja con ternura como un fruto de otoño.
En ese acto de amor vive la poesía. Y mi propia voz es ya otra voz que no me pertenece.

Almoraima Ruiz

 

 

EL CORAZÓN DE BARRO
O LA ENTROPÍA DEL AMOR

Para llegar al hombre,
está latiendo una mujer
y se desarma.
Amanece como niña.
Si atardece,
será madre.
Y es, según la Luna,
amada o amante.
Su corazón de barro
aprendió a hacer el amor
en las aceras.
Detrás de las ventanas.
Cuando el pie roza una ola.
En lo agitado de los puertos.
En los parques.
Cuando te atas los zapatos
o caminas despacio
por tus pensamientos.
Puedo amarte.
Porque soy un caracol que
se fecunda en soledad.
Y la única sirena sin voz

ni hechizo

para anclarte a mis presagios.
Sólo fabrico un puente
de hoja y ramas.
De tu orilla hasta mi calle.
Ven sin previo aviso;
Regresa sin estridencias en el alma.
Desorden,

Sueño,

Belleza,

Realidad.

Te alimentaría como a un niño.
Para llegar al hombre.
Y yo niña de nuevo
dentro de tu abrazo.
De repente madre,
y tu cabeza-mundo
bajo mis pechos-alas.

 

Sueño que somos niños
comiendo fruta y peces.
O en el abrazo del padre
embriagador y eterno.
Y de puntillas a tu cama,
algunas noches … Sueño.
Para llegar al hombre,
está latiendo una mujer.
Y se desata.

 

 

LA ESPERA

Tengo una espera
clavada en la carne
como el vuelo a la paloma.
Voy como piedra
sumergiéndome en paisajes,
buscando la lanzadera.
Tantas veces transparente

a mi lado

te puse.

Que ahora no sé quién eres tú
sin tu espejismo.
Sueño en el ave repentina
que alza el vuelo.
Estoy con toda la verdad,
y una mentira que no miente.
La espera,
Desatando nudos con mis ojos…
El vértigo,
soy yo misma confundida,
al descubierto.

 

 

ESCRIBO COMO SI EL TIEMPO

El tiempo,
recién amanecido,
me envía pájaros
a los balcones.
Son pájaros de vida
que traen la tibia
esperanza de mi vuelo.
Pero yo ando
con la escoba entre las piernas.
Como una bruja buena.
Resolviendo dudas,
mientras tiendo lo que
la lluvia mojará después.
Pidiendo una tregua
en el torbellino de sábanas.
Velando el sueño
de mi hija con los ángeles.
Todos los días,
escribo con los ojos lo que soy.
Lo que somos.
(Poca cosa, más allá de su risa).
Todo fue luz
que ilumina y quema.
Fue calor.
Fue ira.
Pajarito de mi carne,
diles que escribo con la boca.
Que me duelen las manos
de tanto amor que
me convoca a dioses inventados.
Diles que soy feliz.
Aunque me ponga en la frente,
la boina gris del otoño.
Escribo como si el tiempo
estuviera recién amanecido
y me trajera besos,

pájaros,

poemas.

 

 

LA CANCIÓN DEL ESPEJO

Era la noche

deshojándose.

Lentamente.
Como el viaje a ninguna parte.
O los sueños que tantas veces
atropellan nuestras manos
[de hombres terrestres].
Era yo,

desprendiéndome.

Verso a verso.
Como el mequiereyno
de la margarita.
No me quiere…
Y de repente el frío
se acomodó en la risa.
Ya nada podía decirse
que no sonara a hueco.
A canción tonta.
A melodía gastada.
Y qué hubiera importado
la canción del espejo.
Torpemente,
como niños agotados
con la misma inocencia que los perros.
Cada cuerpo habría cobrado forma:
Barca, viento, humo, marea, cristal.

Nube, sol, abrigo

o maremoto.

Como en todo final llegaría la calma.
Sin más exigencias que el amanecer.
Tal vez una nueva playa para tendernos,
con otras preguntas
y algunas respuestas.
Hoy no es ayer.
Y sin embargo,
Dicen que puse al sol
la silla y la alegría.
¡Qué torpeza tener piel
y ser de espejo!
Hay una sola verdad anunciando la tarde,
donde cada hombre es dueño de sí mismo.
Y aprende a deshojar los días,

en silencio.