Ryszard Kapuscinsky en su casa de Varsovia // Fotografía: PAP-Photoshot

Ryszard Kapuscinsky en su casa de Varsovia // Fotografía: PAP-Photoshot


“Un hombre no empuña un hacha para defender su cartera,

sino en defensa de su dignidad”
Ryszard Kapuscinsky

 

Cuando los hombres quisieron ser como Dios, construyeron una torre que les llevara hasta el cielo. Dios mismo los confundió insuflándoles las diferentes lenguas y culturas que aún perduran en la tierra. Desde entonces, Babel es la patria común de todos los hombres, el inicio de su riqueza y diversidad y el arranque de todas las guerras. Ryszard Kapuscinski, el mayor reportero del siglo XX, dedicó su vida a conocer cada Babel nueva que surgía en el globo en el tiempo que le tocó vivir. Murió el 23 de Enero de 2007.

No lo mató una bala ni la malaria. Ni el veneno de una cobra ni el de un escorpión. Ni rociándolo con gasolina en Nigeria acabaron con su vida. Ryszard Kapuscinski murió en el mes de Enero de 2007 de un ataque al corazón. Ganador del Premio Príncipe de Asturias, está considerado el mayor reportero de guerra de la historia. Con una mezcla de arrojo, pasión y un punto de locura, se plantó solo en las situaciones más peligrosas para un blanco: guerras en África, guerras en Asia, guerras en Sudamérica. Vivió e informó al mundo de las conflictos que brotaban en cada continente, en muchas ocasiones previéndolos y llegando al lugar minutos antes de que estallara lo inevitable. Sus crónicas, en las que deja traslucir la situación general a través de historias individuales, muchas veces la suya propia, son una mezcla de periodismo magistral y pura literatura.

Durante todo el año en que murió su voz aún sonaba en el contestador telefónico de su casa. O eso cuentan quienes se interesaron por su muerte llamando al muerto. Maestro de periodistas, muchos han mimado la redacción de sus artículos glosando su figura. Vivió una época en la que ser corresponsal de guerra era posible. Y fue el mejor de todos. Hoy los reporteros se desplazan en masa. Si hay una guerra en Irak, todos a Irak. Si salta un golpe Estado en Sudamérica, todos a Sudamérica. Ryszard Kapuscinsky iba por su cuenta. Por donde pasaba prendía una guerra. Y allí estaba el primero para contarla. Informaba desde los dos bandos. Ni tomaba notas ni usaba grabadora. En una libreta sucia, sin cámaras ni compañero, escribía de un tirón la pequeña historia que estaba viviendo. Sus crónicas se leían en Europa y en el mundo como pequeñas piezas literarias. A menudo, dos por día. Nunca sabía cuándo podría volver a escribir. Ni siquiera sabía si saldría vivo de donde se había metido. Esta es su historia.

 

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Admiración del mundo
“Vengo como alumno”, aclaraba García Márquez cuando asistía a sus conferencias. Paul Auster: “No puedo pensar en otro escritor o novelista vivo, poeta o ensayista cuyo trabajo sea más importante que el de Kapuscinsky”.
Kapuscinski recibía una invitación diaria a dar charlas o cursos en los cinco continentes. Sólo en 2000 disertó en 36 países diferentes. Aunque nació en Pinsk en 1932, Kapuscinski confesaba que volvió a nacer varias veces. “Volví a nacer en enero de 1966, por ejemplo, cuando estaba en Nigeria. Me golpearon hasta casi matarme y, luego, el jefe de la operación me roció benzol en todo el cuerpo, un combustible que usaban habitualmente para quemar a sus adversarios. Me invadió un miedo feroz, un miedo que fulminó y paralizó todos mis miembros; permanecí allí clavado en la tierra, como si estuviese enterrado hasta el cuello. Me sabía empapado de sudor, pero bajo la piel me corría un frío glacial; me sentía como si me hallase desnudo en la nieve a 30 grados bajo cero. Luego, inexplicablemente, me dejaron libre”. Kapuscinski se salvó. Durante sus años de corresponsal tuvo malaria y tuberculosis; lo picó un escorpión y lo atacó una cobra. Perdió, como todos, su última batalla.

Hay un cierto egoísmo en lo que escribo, siempre quejándome del calor, el hambre o el dolor que siento, pero es terriblemente importante tener autentificado lo que escribo porque ha sido vivido.

Inicios
Había nacido en Pinsk en 1932, en Polonia, aunque ahora Pinsk pertenece a Bielorrusia. De niño vivió la segunda guerra mundial. Su madre lo llevó a Polonia a buscar a su padre, que era soldado. Conoció el frío y el hambre, la muerte, el ruido, el terror, la falta de zapatos y de casa. Su mente infantil le llevó a pensar que la guerra era el estado natural de las cosas. Tras la guerra, estudió historia en Varsovia, y a los 23 años comenzó a escribir en un periódico para jóvenes. Una historia suya sobre la mala gestión y los trabajadores borrachos en una fábrica de acero desató una tormenta política y hubo de esconderse para salvar la vida. Más tarde comenzó a trabajar en una agencia polaca de noticias que apenas contaba con medios (PAP). Era el único reportero. Tenía a su cargo, durante diez años, la cobertura en cincuenta países. Nunca la abandonó.

Dentro de una gota hay un universo entero. Lo particular nos dice más que lo general; nos resulta más asequible.

Heródoto
Uno de sus libros más conocidos es el último, “Viajes con Heródoto”. En él cuenta sus inicios como reportero:
“En nuestro cuarto de reporteros sonó el teléfono. La redactora jefe quería verme en su despacho.
–¿Sabes? –dijo cuando comparecí ante su mesa–, te enviamos fuera. Irás a la India.
Mi primera reacción fue de estupefacción. Y justo después, de pánico: no sabía nada de la India. Febrilmente empecé a buscar en la cabeza imágenes, asociaciones, nombres… Sin éxito: no sabía nada de nada. (…)
Al final de aquella conversación por la que supe que partiría hacia el mundo, Tarlowska se acercó al armario, sacó de él un libro y, mientras me lo entregaba, dijo: “Un regalo de mi parte, para el viaje”. Era un grueso volumen de tapa dura, forrado con tela de lino amarilla. En la portada leí, grabados en letras doradas, el nombre del autor y el título: Heródoto, Historia”.

Heródoto, en aquel libro escrito 2.500 años antes, fue su maestro. Lo vio intentar entender su mundo a fuerza de mirar, de preguntar y de viajar lo necesario para encontrar las mejores respuestas. Para entender. “Heródoto era un hombre curioso que se hacía muchas preguntas, y por eso viajó por el mundo de su época en busca de respuestas. Siempre creí que los reporteros éramos los buscadores de contextos, de las causas que explican lo que sucede. Quizá por eso los periódicos son ahora más aburridos y están perdiendo ventas en todo el mundo. Ninguno de los 20 finalistas de la última edición del Lettre-Ulysses del arte del reportaje (premio que se otorga en Berlín), y del que soy miembro del jurado, trabaja en medios de comunicación. Todos tuvieron que dejar sus empleos para dedicarse al gran reportaje. Este género se está trasladando a los libros porque ya no cabe en los periódicos, tan interesados en las pequeñas noticias sin contexto”.

 

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Vida
27 revoluciones, 12 frentes de guerra, varios golpes de estado, cuatro condenas a muerte y vivir para contarlo. Esa fue su vida. África, su juventud. Volvería al continente negro durante toda su vida. Asia, Sudamérica. El único blanco entre guerreros negros, rojos o amarillos. Década de los sesenta y setenta. Solo. Con una libreta. Lo que supo el mundo lo contó él. Conoció a Che Guevara en Bolivia, a Patrice Lumumba en el Congo, a Haile Selassie en su caída, la revolución iraní, la guerra de Angola, guerras en Sudamérica. Europa le aburría. La mentalidad europea le resultaba demasiado perezosa para comprender la realidad del mundo. En sus últimos años pasó largas temporadas en Méjico dando conferencias sobre periodismo con su amigo García Márquez. Le exasperaban las crónicas periodísticas actuales que, según él, tratan la información como un bien de consumo en lugar de buscar la verdad.
Vivió la última época del reportero. Hoy día ya no se puede. En el mundo de la comunicación y la información, el periodista es un arma de guerra. Ya no hay piedad para él.

Es erróneo escribir sobre alguien con quien no se ha compartido al menos un poco de su vida.

Obra
Siempre llevaba encima dos libretas. Una para vivir y escribir la crónica del día. La otra para anotar sus reflexiones, que no servían para nada, como él decía. La segunda libreta, origen de todos sus libros, le ha valido el reconocimiento mundial.
Cualquiera de sus libros vale la pena. Ha escrito ensayo, poesía, pero su verdadera maestría brilla en sus colecciones de crónicas. “Viajes con Heródoto”, “La sombra del sol”, La guerra del fútbol”, “El Emperador”.
Nosotros acabamos de leer “La guerra del fútbol”, un potpurrí de crónicas de guerra en África y Sudamérica. Espeluznante y magistral es la que da título al libro, contando la guerra entre Honduras y El Salvador cuyo detonante fue un partido de fútbol entre ambos países en la fase clasificatoria para los mundiales de Méjico en 1970. El pasaje en el que cuenta cómo andaba solo, de noche, por una ciudad oscura (no había una sola luz encendida, para evitar el bombardeo del enemigo), a tientas, golpeándose contra las paredes sin saber por dónde caminaba, increpado por voces invisibles desde las ventanas en busca de un télex es admirable. El relato de su experiencia en esa misma guerra, con el pecho en el suelo evitando las balas junto a un soldado que robaba los zapatos de los muertos para calzar a los miembros de su familia al final del conflicto, también.
Otras veces no contaba los hechos. Prefería describir las situaciones dramáticas de una manera sobrecogedora. Leemos en “La sombra del sol”: “Los pescadores desparramaron su pesca sobre la mesa, y cuando los que la rodeaban miraron, quedaron estupefactos y en silencio. El pez era enorme, gordo,… Todos sabían que los hombres de Idi Amin habían estado tirando los cuerpos de las víctimas al lago, y que los cocodrilos y otros peces que comían carne habían estado cebándose en los cadáveres. La gente permaneció quieta.”

 

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Fotografías: Algunas de las fotografías de este artículo han sido obtenidas en la red, sin que hayamos podido identificar o contactar con sus autores. Les damos publicidad aquí, pero reservamos los derechos a favor de estos autores, donde quiera que estén.


Justo en el momento de publicar esta entrada, recibimos la colaboración de una lectora que cuenta en un delicado artículo su experiencia personal viajera, y que incluimos a propósito de las aventuras de Kapuscinsky.


 

MI BABEL PARTICULAR

Hace pocas semanas, alejada de las rutas habituales y de las hordas de turistas, me encontré navegando con un grupo de amigos por aguas del Nilo. A bordo de un dahabiyah, un barco de vela egipcio empujado a cámara lenta por el viento, se puede llegar a hablar de muchas cosas. Comentábamos películas y bromeábamos esa tarde con que quizás una de nosotras podría correr la suerte de una de las protagonistas de “Babel”, una provocación inspirada en el paisaje y la gente menuda que merodeaba por las orillas. No llegué a encontrarle la gracia al asunto.

Nos referíamos al drama que vive el personaje interpretado por Cate Blanchett, una turista americana alcanzada por el disparo fortuito del rifle de unos niños que habitan en una remota región del sur de Marruecos.

Dejando la broma aparte, amarramos el barco en una atractiva playita con el propósito de adentrarnos en el desierto y dar un largo paseo. No podía sospechar que a la vuelta de la caminata me tocaría vivir mi propio Babel.

Avanzábamos por un desfiladero después de dejar atrás una aldea donde varios niños se habían acercado con la intención de captar nuestra atención con poco éxito, enfrascados como estábamos en una de nuestras conversaciones. Al poco me crucé con la belleza de un niño de unos cinco años que me fascinó a su paso, y decidí ir tras él para sacarle una foto. A partir de ahí me rezagué del grupo y una serie de acontecimientos se sucedieron en cadena. El niño llevaba dos vacas amarradas que parecían tirar de él, y empezaba a sonreír tímido cuando mi cámara lo distrajo hasta el punto de perder el ramal de una de las vacas. Fue entonces cuando su cara se mudó de pánico.

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Deje el asunto de la foto y salí corriendo detrás de la vaca hasta lograr pisar la cuerda y devolvérsela al niño, para luego enfocarle otra vez. Al instante salieron varios chiquillos de debajo de las piedras y empujaron al pequeño al suelo para quitarle sus preciados animales, envidiosos de que hubiera atraído mi atención y con la firme intención de sacarme algún dinero posando. Aquí, el llevarte el retrato de uno de estos niños a casa puede tener su precio. Mi chiquitín lloraba desconsolado y esto me enfureció. Lo levanté y me encaré al grupo de chiquillos increpándolos con pocas ganas de sacar foto alguna.

Me volví para retomar mi camino cuando sentí que una piedra me golpeaba la espalda. Al instante sentí el impacto seco de otra mucho más grande que me lastimó una vértebra. Mire atrás y me encontré con una pandilla de pequeños salvajes dispuestos a lapidarme. Empezaba ya a correr cuando de una duna apareció un muchacho montado en una burra que les gritó algo y bajó a mi encuentro sonriendo con la excusa de: “Children”. A pesar de mi rabia y la punzada que recorría la espalda, el chico consiguió calmarme con un inglés precario y hablándome de Zidane. Me escoltó hasta encontrar a mis amigos al borde de una carreterita. Ninguno de ellos me había echado en falta y según empecé a contarles la desagradable experiencia con gesto de dolor, la cólera contra esos niños volvió apoderándose de mí.

Poco a poco llegué a la conclusión de que si no hubiera ido detrás de la maldita foto nada de eso habría ocurrido y que lo mejor que podía hacer era practicar “la bendita indiferencia”, algo que consiste en no hacer diferencias para no generar envidias y provocar brotes de violencia.

A partir de entonces dejé de tomar fotos.

Descubrí que lo que acontecía a mi alrededor se me hacía más real e inmediato, que vivía mucho más intensamente cada momento ahora que no pensaba capturarlo con mi cámara. Los colores vibraban más que nunca; pasaba muchos ratos abstraída con la naturaleza misteriosa de aquel paisaje y sus gentes. Y lo que llegó a ser mi mayor logro, por fin conseguí sujetar mi mente tan firmemente como solíamos amarrar cada tarde nuestro barco a las orillas de ese río, y así pude fluir de verdad por sus aguas sagradas que al pasar lo inundan todo de vida.

 

Isabel Echevarría
Escritora.

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Eduardo Fdez-Martos Machado

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