OJOS SOBRE UN DIOS INVISIBLE

El hombre ha posado su vista en Plutón. La sonda espacial “Nuevos horizontes” ha cruzado su órbita y lo ha fotografiado a una distancia de diez mil kilómetros, tras viajar cinco mil seiscientos millones de kilómetros desde la Tierra. Ha tardado nueve años en llegar. Había de ser ahora. La próxima vez que Plutón pase por el mismo punto, el más cercano a nuestro planeta, será dentro de doscientos cuarenta y tres años terrestres, lo que tarda en dar una vuelta al sol. Las instrucciones hacia la sonda tardan cuatro horas y veinticinco minutos en llegar a la Tierra a la velocidad de la luz, y otras tantas en volver. Por lo tanto, toda la operación se ha desarrollado a ciegas. Incomprensiblemente, ha sido un éxito. No es de extrañar la alegría de los responsables del proyecto, como se ve en la fotografía. Pero esta historia no comenzó aquí, sino hace ochenta y cinco años, a manos de un joven que no había ido a la universidad.

CARA A CARA CON EL DIOS DE LA OSCURIDAD

Clyde Tombaugh, un joven de 22 años, con espejos y restos de la chatarra del coche de su padre, un Buick de 1910, en 1928 construyó un telescopio en casa. Aficionado a la astronomía, realizó unas meticulosas observaciones de Júpiter y envió los dibujos al observatorio Lowell, en Arizona, cuyos responsables quedaron impresionados y le abrieron las puertas para trabajar como ayudante durante tres meses. Dos años más tarde, en 1930, en ese mismo observatorio, trabajando solo, descubriría Plutón.

El 18 de Febrero de 1930, Clyde Tombaugh tenía veinticuatro años y estaba sentado en el observatorio Lowell frente a una máquina que proyectaba, en intervalos de un minuto, dos placas fotográficas de un sector de cielo que habían sido tomadas con dos días de diferencia y que él mismo había fotografiado unos meses antes. Se trataba de detectar, a simple vista, cualquier pequeña variación en la posición de algún cuerpo celeste de un día para otro. En cada placa, impresas fotográficamente mediante telescopio con una exposición de dos horas, se podían ver cientos de miles de cuerpos celestes, puntitos de luz del tamaño de una cabeza de alfiler. Llevaba varios meses alternando dos a dos las placas que él había ido tomando del mismo sector de cielo diariamente, nocturnamente, en la madrugadas heladas de Arizona.

El descubrimiento
Aquel día, a media tarde, su rutina se quebró. Su supervisor, que trabajaba en un despacho a unos metros del lugar donde estaba Clyde y que conocía la máquina y podía oír las oscilaciones cada vez que se volteaban las placas, se sobresaltó cuando de improviso dejó de oír la alternancia de las placas. No se movió de la mesa. A los diez minutos de continuado silencio comenzó a ponerse nervioso. Pegó a la pared el oído para intentar averiguar qué es lo que sucedía. No oyó nada.

Al otro lado, el jovencísimo Clyde había parado la máquina. Con su penetrante vista, aunque llevaba gafas, había detectado una pequeñísima oscilación de un minúsculo cuerpo celeste entre las placas que alternaba, tomadas en el telescopio por él mismo con dos días de diferencia. Entre una placa y otra, detectó que una manchita de luz entre cien mil, se había movido. Como conocía la escala de las placas, y el intervalo, fue una mera cuestión de geometría. Realizó unos pequeños cálculos con la trigonometría que había aprendido solo, y el corazón, según él mismo cuenta, se le salió del pecho.

 

 

Clyde examinando placas

Clyde Tombaugh fotografiando placas.

En 1930 el mundo entero buscaba un planeta. Como había sucedido con Neptuno, cuya existencia había sido demostrada matemáticamente antes de ser comprobada visualmente, por la incidencia que su masa tenía en la órbita de Saturno, unas pequeñas irregularidades en la órbita de Neptuno presuponían, erróneamente, que había de existir otro planeta de enorme masa que interfería en su órbita. Luego se descubrió que esas irregularidades obedecían a un cálculo erróneo de la masa de Neptuno y a la toma de datos en un sector de su órbita demasiado pequeño. Pero ese error había lanzado a los astrónomos durante un siglo a la búsqueda de un nuevo planeta.

Cuando la tarde del 18 de Febrero de 1930, sentado frente a la máquina de las placas, a Clyde Tombaugh le estalló el corazón en el pecho, su intuición fue inmediata. Para asegurarse, realizó nuevos cálculos que predecían la posición que debía ocupar el mismo cuerpo celeste otro día. Cargó las placas correspondientes a ese día… y allí estaba. Volvió a calcular otra posición, cargó las placas, y allí estaba. Clyde Tombaugh, de veinticuatro años, sin estudios superiores, aficionado a la astronomía, con una vista excelente a pesar de las gafas y habiendo aprendido geometría y trigonometría por su cuenta para escapar de un futuro en la granja de su padre, había identificado un cuerpo celeste, sin luz propia, que necesariamente había de ser un planeta y que orbitaba más allá de Neptuno. Había encontrado lo que el mundo estaba buscando. Ahora estaba seguro.

 

Plutón entre las líneas blancas en una de las placas de Tombaugh.

Cuarenta y cinco minutos después de parar la máquina, Clyde llamó a su supervisor, que llevaba media hora pegado a la pared oyendo el silencio. Ambos volvieron a realizar los cálculos, comprobaron una tercera placa de seguridad que se fotografiaba a diferente escala y que se almacenaba diariamente… y allí estaba. Y allí estaba. Y allí estaba.

Bajaron y avisaron al director del centro que trabajaba en la planta baja del observatorio. Subieron los tres y volvieron a realizar los cálculos, a chequear las placas. Allí estaba. Hicieron nuevos cálculos, comprobaron placas de meses anteriores, de años anteriores: siempre estaba allí. En silencio, se miraron los tres. Habían descubierto un planeta. El niño, había descubierto un planeta.

La trascendencia
Entre los tres decidieron guardar el secreto para aprender más sobre el planeta antes de hacer público el descubrimiento. Esa noche, sólo tres hombres sobre la tierra, y probablemente alguna mujer, supieron de la existencia de un nuevo planeta en el Sistema Solar. Cuando se hizo público el descubrimiento sucedió la avalancha. Fue mayor de lo esperado. Periodistas, fotógrafos, entrevistadores se lanzaban sobre cualquiera de los tres como un enjambre de abejas. Clyde Tombaugh, de la noche a la mañana, se convirtió en un personaje de trascendencia histórica y envergadura mundial.

EL NOMBRE

El nombre del planeta fue propuesto por la niña inglesa de once años Venetia Burney, quien lo hizo llegar al equipo de científicos a través de su abuelo, y elegido entre los integrantes del observatorio al mes siguiente del descubrimiento.

El nombre fue propuesto a la Sociedad Americana de Astronomía y a la Real Sociedad Astronómica de Gran Bretaña, y en ambos casos fue aceptado por unanimidad, por lo que enseguida supieron que perduraría.

 

Plutón, en la mitología romana, había ayudado a sus dos hermanos, Júpiter y Neptuno, a derrocar a su padre, Saturno. Al dividirse el mundo entre ellos, Júpiter escogió la tierra y los cielos como reino; Neptuno se convirtió en el soberano del mar, y Plutón recibió el submundo, el reino de la oscuridad, donde gobernó sobre las sombras de los muertos. Con un casco que le volvía invisible, se convirtió en el Dios de las tinieblas y de lo oculto. Como el planeta recién descubierto se hallaba tan distante del sol, apenas recibía luz y vivía en la oscuridad, el nombre resultó apropiado.

Plutón, con su casco de la invisibilidad.

LA VIDA DE CLYDE

Junto al telescopio con el que fotografió Plutón.
Entrando al observatorio Lowell con sus placas.
Clyde Tombaugh no tenía formación académica. A los dos años de su descubrimiento, convertido en una celebridad mundial, intentó matricularse en la facultad para estudiar astronomía. Decidió comenzar, naturalmente, por los primeros cursos, pero no se lo permitieron. Por más que lo intentó, los responsables de la universidad se lo impidieron. Se daba la paradoja de que Clyde se vería obligado a estudiar y examinarse sobre sí mismo y su descubrimiento. En el caso de que un error fortuito le hiciera suspender algún examen, cosa improbable, dados los conocimientos apabullantes que atesoraba, los métodos educativos de la facultad serían el hazmerreír del mundo entero.

Al final, merced a unos cursos especialmente diseñados para él, consiguió licenciarse en la facultad de astronomía de Kansas. Habiendo ampliando considerablemente sus estudios de física y de matemáticas, la facultad le otorgó el título de Doctor.

Pero el papel de Tombaugh en el mundo no se redujo a este hallazgo. Dedicó el resto de su vida a la investigación astronómica y a impulsar la enseñanza de las ciencias en su país. Se concentró en el inicio del Programa de Investigación Astronómica de la Universidad del Estado de Nuevo México, considerado uno de los más importantes que tuvo Estados Unidos. Continuó observando el cielo el resto de su vida, descubriendo seis cúmulos globulares, dos cometas, centenares de asteroides y docenas de cúmulos de galaxias. Murió en 1999, a los noventa y tres años, de un ataque al corazón.

LAS CENIZAS DE TOMBAUGH

Si tienes problemas, no pasa nada. A mí me sucedió. Consigue libros y estudia los libros. Encontrarás en ellos tranquilidad, conocimiento, inspiración. Aprenderás a pensar. Cuanto mejor pienses, más alto llegarás. Cada persona tiene su propia lucha, es inútil luchar las luchas de otros, con las armas de otros. Te conoces mejor de lo que te conoce cualquiera. Es tu responsabilidad hacer de tu vida lo que tú quieres que sea.

Alguna gente tiene más suerte que otra, pero casi todo depende de la actitud y de lo que estés dispuesto a sufrir para triunfar. No puedes permitirte ser perezoso. Debes perseguir siempre algo. Esa es la única manera de crecer, de desarrollar nuevas habilidades, y siempre lleva al éxito.

Las cenizas de Clyde Tombaugh viajan a bordo de la sonda espacial “Nuevos horizontes”. Una vez fotografiado y analizado Plutón, continúa su camino fuera del sistema solar, y nunca volverá.

Eduardo Fdez-Martos Machado
Director
donmiguel@latorredemontaigne.com

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