Fotografía de Laura Salmerón.

MANUEL MOYANO

 

Su producción literaria abarca desde El amigo de Kafka (Premio Tigre Juan 2002) hasta El imperio de Yegorov (Finalista del Premio Herralde de Novela 2014). Entre ambos títulos ha publicado La coartada del diablo (Premio Tristana de Novela Fantástica 2006); los libros de narrativa breve El oro celeste (2003), El experimento Wolberg (Libro del Año Región de Murcia 2008) y Teatro de ceniza (2011); o el cuaderno de viaje Travesía americana (2013). En Galería de apátridas (2004), El lobo de Periago (2005) y Dietario mágico (2015) combina la narración con el ensayo antropológico.

Nacido en Córdoba en 1963, criado en Barcelona y residente en Molina de Segura (Murcia) desde 1991, carece de un acento regional reconocible. Ingeniero agrónomo por la Universidad de Córdoba, también ha obtenido dos títulos no menos importantes: es miembro de la Orden del Meteorito de Molina de Segura y Sátrapa Trascendente por el Institutum Pataphysicum Granatensis. En la actualidad trabaja como gestor cultural.

DOS MICRORRELATOS

ORIGEN DEL MITO

 

Ejerciendo de médico en las tierras del Norte, fui reclamado cierta noche de tormenta para atender un parto. En aquel lugar dejado de la Providencia se han visto muchas cosas extrañas, y no me sorprendió que el recién nacido tuviera cabeza de becerro. Recomendé ahogarlo con un almohadón, pero a los padres les faltó valor. El varón creció y, mucho tiempo después, habiendo ya cumplido los quince años, vino a visitarme. Me llamaba “buen doctor”, pero había en sus palabras un velo de amarga ironía. Yo no podía apartar la vista de sus astas de toro. “He sabido por mis padres que usted les aconsejó matarme”, dijo. “Así es”, respondí con todo el aplomo de que fui capaz, pues temía que su propósito fuera vengarse por ello. “Debieron hacerle caso”, fue lo único que le oí mugir mientras abandonaba mi consulta. Luego supe que, antes de venir a verme, había corneado a sus progenitores hasta la muerte. También me dijeron que huyó al monte, y que allí construyó una casa de largas e intrincadas galerías para recluirse en su interior. Pero ésa es otra historia.

FAN

 

Parecía imposible, pero Elvis se encontraba allí, delante de mí, haciendo cola en la caja de aquel supermercado. Aunque iba camuflado con unas gafas de sol y una enorme barba gris, hubiera reconocido su rostro incluso bajo un pasamontañas. Le seguí hasta los aparcamientos y, mientras vaciaba el carro de la compra en su maletero, lo abordé. Naturalmente, negó ser Elvis, pero yo le arranqué la barba de un tirón. Como imaginaba, era postiza. “Entonces, no es una leyenda”, exclamé. “¡Estás vivo!” Esa noche bebimos hasta hartarnos. Elvis lo pasó en grande, e incluso interpretó algunos compases de Love me tender, aunque, por la edad, ya desafinaba un poco. Cuando empezó a amanecer, me mostró una navaja medio oxidada que guardaba en su cazadora y me pidió disculpas por tener que matarme, ya que –explicó– necesitaba salvaguardar su incógnito. Le aseguré que lo comprendía, y que, para mí, el haber compartido una velada con él ya justificaba toda una vida. Mi cadáver se pudre ahora en una solitaria cuneta de Oregón, es cierto, pero cuántos querrían haber estado en mi lugar.

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