Nube atómica sobre Hiroshima

EL DESPLOME DEL SOL

El 6 de Agosto de 1945, el bombardero B-29 “Enola Gay” dejó caer la primera bomba atómica de la historia sobre la ciudad de Hiroshima, en Japón. Hoy se cumplen setenta años de aquel vuelo mortal. Todavía perduran las secuelas para aquellos que estaban abajo. Hablamos con Sumie Nakamura, que entonces era una niña en Hiroshima, sobre las consecuencias de la explosión.

Sumie Nakamura

Sumie Nakamura, y sobre ella la nube atómica sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Fotografía tomada desde el bombardero que la arrojó.

Hubo un día en que el país del sol naciente fue sepultado en la sombra. Ese día Sumie Nakamura era todavía una niña. Lo recuerda ahora, sentada sobre el sofá en un remolino de quietud y de sombras. Nos mira, y sus ojos se mueven dentro de sus cuencas como dos peces boquiabiertos, no se les escapa un chispazo de luz; la memoria oculta, distante, habla todavía en su mirada.

Sumie es risueña y enérgica, pero de suaves maneras. Nos cuenta su historia y hay algo que no nos llega. Ella lo sabe, conoce la dificultad de transmitir el horror en otra cultura y en otra lengua. Cuenta con ello. Nos sentimos todos como si pusiera una caja llena de fotografías antiguas sobre la mesa, y la abriera.

A la mitad de su relato sobre la caminata de su padre un minuto después de la bomba, en busca de su familia, se queda en silencio y calla. Cambia de escenario y nos habla de su hermana, en un giro espeluznante, pero al final de la entrevista retoma aquella caminata y la concluye. Luego nos vamos, dejando atrás su bonanza y su energía, y nos damos cuenta de que la paz, y la sombra, se enredan en la memoria como serpientes en su nido.

¿Qué edad tenía el día de la detonación de la bomba?
Tenía dos años. Exactamente un año y diez meses.
Entonces usted no puede recordar nada.
No. Claro que no. Pero vivía en Hiroshima. Y mi padre y mi familia me contaron infinidad de veces ese día. Yo sufrí las consecuencias. Vivíamos en el centro, y mi padre trabajaba en unos grandes astilleros que construían barcos de guerra en las afueras de la ciudad. Porque en el ejército japonés lo más importante y lo más fuerte era la marina, más que el ejército de tierra o el de aire. Mi padre tenía un cargo de responsabilidad, y sabía que Japón perdería la guerra porque no había material para construir más barcos. En aquella época todos los japoneses estaban obligados a contribuir con cualquier pieza de hierro o acero de sus casas. Cucharas, asientos, cualquier cosa, habían de serle entregadas al gobierno. Mi padre sabía que no podía construir más barcos.
Usted nació en Hiroshima.
Sí. En Hiroshima.
Pero el día que cayó la bomba estaba fuera.
Sí. Mi padre, aunque no podía imaginar -nadie pudo imaginarlo-, la bomba atómica, sí sabía que Hiroshima y Nagasaki eran un objetivo militar por su industria naval. Decidió que era mejor que nosotros, los niños, saliéramos de Hiroshima, aunque no abandonamos la provincia. En la ciudad quedaron mi padre, mi hermana mayor, y el resto de la familia, pero yo, como la más pequeña, y otro hermano también pequeño, salimos de Hiroshima.

¿Recibieron ellos la explosión?
Mi hermana mayor, sí. No murió, pero quedó muy afectada en una zona de la cara. Toda su vida ha estado muy mal. Era una hibakusha, que significa “persona bombardeada”. Como mi padre estaba ese día y a esa hora lejos del centro, salvó la vida. Desayunó como siempre, a las ocho de la mañana, y cogió el tren hacia la fábrica. A las ocho y media cayó la bomba en el centro de la ciudad. Mi padre siempre me contó que a esa hora se oyó una detonación en la ciudad muy fuerte. Pero muy muy fuerte, no podía describirla. Todos miraron hacia Hiroshima y vieron subir el hongo de humo. El tren se detuvo sin poder avanzar. No sabían si por la onda expansiva o por la falta de energía que ya no llegaba de la ciudad. Fuera del tren los raíles se habían fundido en diferentes tramos. Mi padre salvó la vida porque estaba dentro del tren. Si hubiera estado fuera habría muerto, volatilizado. Entonces bajaron todos del tren y pensaron en sus familias. Quisieron volver, pero como no había ningún transporte en funcionamiento, hubieron de hacerlo andando. Cuando mi padre llegó al centro de la ciudad…
Mi hermana mayor había estado en la cocina de casa, fregando los platos del desayuno. Siempre me contó que de improviso todo se vio envuelto en mucha luz, un fogonazo, como si se hubiera desplomado el sol, y a continuación un sonido emergió desde dentro de la tierra, como unas raíces, muy fuerte, siempre me insistió que no se puede contar lo fuerte que era. Tirada sobre el suelo miró un momento a través de los cristales de la cocina, y enfermó para toda la vida. Me contaba que todo lo que había en la casa salió por sí solo a la calle, expulsado desde dentro. Todos supieron que había sido una bomba americana, pero nadie pudo imaginar que era la bomba atómica. Buscó el refugio construido bajo la casa, y se escondió allí. Pero ya estaba quemada. No había remedio. No quemada por fuera, era una quemazón interior que entonces ella no conocía. Era radiación, claro.
Problemas de salud toda la vida.
Claro, muchísimos. Con la misma cantidad de radiación que ella recibió, otros murieron. Todo dependía de qué parte del cuerpo hubiera estado expuesta.
¿Qué sucedió con los afectados por la radiación después de la guerra? ¿Cambió el trato hacia ellos?
Claro. Ahora estamos hablando tranquilamente aquí, tomando un té, pero entonces la vida cambió de golpe y radicalmente para todos. Humana, afectiva, espiritualmente. Todo cambió en un segundo.
Hemos leído que nadie quería casarse con los afectados por temor a que los hijos llegaran con problemas.
Sí, eso es cierto. El problema de la bomba no fueron solo los daños materiales o las muertes, sino que destruyó los glóbulos blancos de infinidad de personas, se quedaron sin defensas. Si tenían hijos, aparte de los muchos problemas en el parto, uno de los hijos podía heredar este problema porque la radicación venía en sus células. Llegaban sin defensas y con otros problemas sanguíneos. Mal el parto y mal el hijo. Mal formado, también. Ciegos, mancos. Muchos no podían tener familia.
A raíz de la bomba habría muchos solteros en Japón.
No tanto por la bomba como por la guerra. En aquella época casi todos los hombres, incluso chicos desde los quince y dieciséis años estaban en la guerra, muriendo en la guerra, hombres había muy pocos. Los que no eran viejos o estaban enfermos, habían ido a la guerra. Era muy difícil casarse. Y si cuentas con los problemas para los hijos por la radiación, era prácticamente imposible, lo que condenaba a las mujeres a la soledad y a la pobreza.

¿Recibieron los afectados algún tipo de ayuda del Gobierno?
Qué va. Después de la guerra, después de haberla perdido, el país era una ruina. Era imposible ayudar a nadie.
¿Ayudaron los americanos?
Sí. Pero más tarde. No por la bomba, sino por las capitulaciones al ganar la guerra. Simplemente colonizaron el país. Ayudaron a la alimentación de los niños con sus productos, leche, calcio, etc.
¿Y a los afectados por la radiación?
Sí, también. Incluso abrieron en su país un registro de afectados donde están todas las fichas médicas y realizaron un seguimiento de las afecciones. Fuimos un extraordinario campo de experimentación y estudio. Los mismos americanos no sabían qué efectos reales más allá del exterminio tenía la bomba. Nadie sabía nada. Yo creo que ni ellos mismos esperaban tantas secuelas a lo largo de tanto tiempo. Todavía ahora, setenta años después, sigue habiendo secuelas. Es algo que no solo afectó a aquella época, sino a esta también. Hay muchísima gente sufriendo.
¿Para qué ha servido la detonación de la bomba?
Bueno. Fue la primera vez que se arrojó una bomba atómica. Un millón de personas ha muerto o ha quedado afectada como consecuencia de la bomba de Hiroshima y la de Nagasaki. Como humanos hemos de aprender cosas. El mundo parece haber olvidado la bomba. No aquellos que la sufrieron, o sus familias, sino la gente actual, porque la época ha cambiado. Incluso los propios japoneses la han olvidado. No mi generación, claro, pero los demás, sí.
¿No resulta demasiado atormentado recordar? ¿No sería mejor olvidarla?
No. No se puede olvidar. La gente ha olvidado, y no debe olvidar. ¿Sabes por qué? Porque ahora mismo hay veinticinco mil bombas atómicas mil veces más potentes que la de Hiroshima listas para ser lanzadas. Los hibakusha han de hablar para transmitir la experiencia.
La historia del ser humano no es otra cosa que la historia de la guerra. Desde que vivíamos en cuevas hasta ahora, estamos en guerra. Todos hemos querido recordar a los muertos, y seguimos en guerra. A lo mejor podíamos probar a olvidar. Olvidar las guerras y sus lecciones, a costa de los muertos, olvidemos también a los muertos, para que algo cambie y deje de haber más guerras.
Guerras las habrá siempre. Nacemos de forma violenta. Pero eso no es motivo para que muera un millón de humanos. No hay justificación posible. La bomba no debe utilizarse. Y eso ha de aprenderse. No es solo la vida de los humanos, está también la de los animales, peces que se contaminan, vegetales, el planeta entero. Es un problema de todos. No se puede entender así, si no se aprende. La lluvia, el viento, todo extiende la destrucción, la contaminación y la ruina. Y no solo a un país. Mira lo que sucedió en Chernobyl. Y no fue guerra, fue solo un escape. Cualquier bomba atómica hoy día nos afectaría a todos. Como pasó con la fuga en Fukushima, a raíz del maremoto, pero a mucha mayor escala. Hoy día una bomba atómica sería una catástrofe mundial, no local. Da igual dónde se lance.
¿Piensa que Japón, su país, ha perdonado?
Todo lo relativo a la guerra está perdonado. Nosotros la comenzamos. Pero recibir la explosión de una bomba atómica no se puede perdonar. No se trata de estar en contra de los americanos, pero a nivel personal es muy difícil perdonar una cosa así. No es cuestión de rencor, sino de memoria. Yo creo que los mismos americanos también quedaron afectados por la bomba. Es comprensible.

Sumie Nakamura

En la cultura occidental tenemos unas obras excelsas, como La Ilíada, que es un poema que muestra y ensalza las virtudes que se ponen a prueba en la guerra, la amistad, el valor, la lealtad, el honor, la abnegación. En la cultura japonesa, también. Nuestras culturas cantan las virtudes humanas que florecen en la guerra. ¿No es extraño?
Todos los humanos somos violentos. Los animales matan. Nosotros también matamos, pero a una escala más o menos individual. Es solo cuando lo hacen los gobiernos, por razones políticas, que lo llamamos guerra, cuando ejercemos la violencia a través del poder militar. Pero está en la naturaleza humana la belicosidad. De todas maneras, por mucho espíritu bushido o lo que fuera que Japón esgrimió, es absurdo entrar en guerra contra un país tan grande siendo un isla tan pequeña. Aunque ganes, no ganas. Nunca puedes mantener la victoria. Solo los niños pelean así. Japón en aquella época era un país de ignorantes. Mi padre sabía que Japón perdería la guerra. Él decía, Japón solo puede ganar, o lo perderá todo. Las personas de Hiroshima y de Nagasaki tenemos que mantener viva la experiencia negativa que originó la explosión de las bombas para que la gente aprenda.
Mantener la vigencia del horror, para que no se repita.
Absolutamente, porque los humanos tenemos una parte estúpida. Por eso hago lo que puedo, y a veces voy a los colegios, me invitan, y explico los horrores de la guerra que vi en mi ciudad y en mi familia para que aprendan.
¿En qué cambió su vida por haber sido parte de una familia alcanzada en el bombardeo?
En todo. Todo fue distinto a raíz de la bomba. Cuando yo era pequeñita, mis padres me explicaban muchas cosas, más de las que yo te cuento a ti. Nos enseñaron a abandonar la tierra si es necesario, si está quemada, y buscar nuevos lugares. Buscar la alimentación, eso lo primero, luego la cooperación, y solo más adelante el desarrollo personal. Claro que cambió mi vida. De una familia en paz pasamos a ser parte del sufrimiento.
¿Ha vuelto a Hiroshima?
Sí. Nunca la abandoné. Ahora Hiroshima está maravillosa, muy bonita. Con edificios suntuosos, me encanta. Yo seguí viviendo en Japón hasta los veinticinco años. En Hiroshima. Ahora hay mucho turismo, de todo el mundo llega gente para ver la ciudad, pero no es lo mismo que para nosotros. Para ellos conocer la ciudad es como conocer a alguien famoso, conocido por todos. Para nosotros no.
¿Cree que volveremos a ver otra bomba atómica?
Tenemos que luchar para impedirlo. Pero sí, creo que la volveremos a ver. El mundo es un lugar peligroso. La bomba de Hiroshima fue una taza de café. Ahora son mil veces más potentes. Hay que tener mucho cuidado.
El futuro hace la historia. Y la nuestra es la historia de la guerra.
En Hiroshima hay un río que se interna en la ciudad. Mi padre me contó que cuando volvió andando hacia el centro de la ciudad, lo que dejé de contarte antes, se encontró en el infierno. El río estaba lleno de muertos. Habían buscado agua, la explosión los había secado por dentro. Vio a una persona junto a un hombre y lo que se supone que era un niño, muertos. No distinguía si era hombre o mujer porque estaba toda quemada y sin pelo. Caminaba sola, murmurando “agua”. Cuando llegó al río, cayó muerta. Nunca supo si era una mujer o un hombre. Por cosas como esta muchos de los que vivimos el bombardeo o sus secuelas tenemos la misión de hablar de ello. El problema es que te acabas acostumbrando a tu pasado y ya no obtienes de él la fuerza suficiente, el horror suficiente para continuar transmitiéndolo. Y para los demás Hiroshima es un cliché, como ir a ver una obra al Prado. Ya no despierta conciencias.

AUTOBIOGRAFÍA DE SUMIE NAKAMURA

Sumie Nakamura

Mi marido, japonés, se vino a Canarias, pues entonces arribaban muchos barcos japoneses, y abrió una tienda. Viajar entonces de Japón a Canarias era como ir a otro mundo. Y me dijo que viniera, que tenía un negocio que iba fenomenal y que el lugar estaba lleno de oportunidades. Era todo mentira, pero vine. Y montamos un restaurante japonés. Trabajé toda mi vida para educar bien a mis hijos. Luego me divorcié.

LA CIUDAD DE HIROSHIMA

Esta cúpula y este el edificio es lo único que, incomprensiblemente, se mantuvo en pie en el centro de la ciudad desaparecida el día de la explosión. Es el símbolo de la resistencia japonesa ante la barbarie, y ahora estas ruinas se conservan integradas en la ciudad moderna.

NOTA: Todas las fotografías de la ciudad de Hiroshima y de la entrevista han sido tomadas por nuestra colaboradora Estefanía Perdomo.

Eduardo Fdez-Martos Machado
Director
donmiguel@latorredemontaigne.com
Keiji

LA BOMBA EN EL CÓMIC

Adexe Hernández

Director sección de cómic

Este seis de agosto se han cumplido setenta años del primer ataque con un arma nuclear a una población civil. Al recordar estos trágicos sucesos nos damos cuenta de que en nuestra memoria colectiva se han vuelto lejanos y vagos en el tiempo, casi olvidados. Aquellos que lo vivieron en carne propia son los únicos capaces de recordárnoslo, y, por desgracia, cada vez quedan menos. Aunque en sus mentes el recuerdo de este trauma sigue vivo, grandes porciones de la población mundial no conocen las historias que hay detrás. Una de las vías por las cuales tan horrible suceso puede ser recordado es a través de las diversas manifestaciones artísticas.

KEIJI NAKAZAWA

UN MANGAKA MARCADO POR LA BOMBA DE HIROSHIMA.

Este es el caso de Hadashi no Gen, manga autobiográfico escrito y dibujado por Keiji Nakazawa, publicado entre los años 1973 y 1974 en la revista Shonen Jump y llevado a la animación en 1983. Kanazawa, que era natural de Hiroshima y superviviente del bombardeo, utilizó impactantes imágenes -cercanas al gore- mezcladas con la narrativa propia del género shonen, para poder representar todos los esfuerzos de su protagonista por sobrevivir al horror nuclear y a la muerte de la mayor parte de su familia. Con el paso del tiempo la relevancia de este título en la cultura pop ha llegado a ser tan grande que en el año 2005, la revista TIME la colocó entre su top-5 de DVDs más sobresalientes de animación japonesa.

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