Batalla de Anghiari, de Leonardo

La batalla de Anghiari, de Leonardo.

EL PINTOR DE BATALLAS

Arturo Pérez Reverte

Excelente y dramático viaje al interior de uno mismo, incluyendo la propia biografía del escritor cartagenero. Los años en que el autor trabajó como reportero de guerra debieron marcarle profundamente. Heridas que probablemente nunca sanarán, porque cada vez que vea la foto o el reportaje de cualquiera de los continuos conflictos actuales, tendrá que hacer un esfuerzo para no recordar.

Creo que, excluyendo Territorio Comanche, primera aproximación al tema de la guerra, es en esta obra de madurez donde Pérez-Reverte mejor reflexiona sobre la condición humana, el fotógrafo como “ojo público”, contrapuesto a los propios combatientes y aquellos que están al margen, o mejor dicho, aquellos que no están directamente presentes en el conflicto bélico. Los que no miran o miran a otro lado… pero no sólo es eso.

La lectura remite a imágenes de alto contenido simbólico: la partida de ajedrez del Caballero con la Muerte en el filme “El séptimo sello”, de Bergman, podría equipararse a la larga conversación discontinua de Faulques con Markovic; del mismo modo, el grabado de Durero “El caballero, la muerte y el Diablo”, donde la Muerte esgrime el reloj de arena, recordando el poco tiempo que le queda, y al fondo se aprecia un lejano torreón en lo alto de una montaña… resulta muy relevante en esta novela. Encontramos en ella muchos simbolismos: el de la propia pintura, descrita con gran detalle por sus referencias (Durero, Paolo Ucello, Piero della Francesca, Brueghel, Goya, …), que marcarán una geometría especial, una geometría cósmica; y también el del dolor físico, interno, la enfermedad a la que solo se alude pero que el pintor de batallas siente crecer en su interior, manifestándose con ineludible periodicidad. La enfermedad como símbolo del Mal que afecta a la condición humana.

El caballero, la muerte y el diablo, de Durero.

El caballero, la muerte y el diablo

Solo tres personajes se mueven por estas páginas, aunque se podría decir que en realidad es uno solo, el ex fotógrafo bélico Andrés Faulques, que en sus años de madurez, tras abandonar la fotografía se refugia en la pintura, pintura de guerras, a modo de exorcismo de sus propios demonios. Que el autor haya elegido el apellido Faulques no parece casual: probablemente aluda a un ex legionario francés, paracaidista y mercenario experto en lucha contrarrevolucionaria, que recorrió muchos escenarios de guerra: la II Guerra Mundial, Indochina, Argelia, Congo, Yemen… y que fue testigo de los horrores en todos esos conflictos.

Los otros dos personajes, que podrían ser un desdoblamiento de la mente de Faulques, son, en primer lugar, el croata Ivo Markovic, cuya fotografía hizo ganar fama y premios al ex reportero. El croata le ha estado buscando durante diez años, haciéndole responsable indirecto de la muerte de su esposa e hijos, precisamente a causa de la fotografía. Y finalmente le encuentra en su refugio pictórico.

Y por último, Olvido Ferrara, o mejor dicho, su recuerdo, que gravita sobre toda la obra. Olvido (¡qué acertado nombre!) conoció al fotógrafo en México y juntos vivieron una intensa historia de amor durante tres años, hasta la muerte de ella. Una relación en la que la belleza pugna frente a lo sublime: el horror. Empeñada ella misma en olvidar su pasado, en borrarlo de su memoria, manchándose del lodo de los escenarios guerreros: sangre, sudor y lágrimas. Su evocación será el pivote sobre el que bascula la relación entre Faulques y Markovic, Olvido siempre presente en la memoria de ambos, siempre recordada.

Fragmento de la batalla de San Romano, de Paolo Ucello.

Batalla de San Romano, de Paolo de Ucello

Mirar es tomar partido, piensa el pintor. ¿Es compatible matar y pensar? Le pregunta el croata, ¿se puede torturar y pensar al mismo tiempo? ¿se puede pensar mientras toma fotografías? Olvido Ferrara prefería no mirar, o mirar en otra dirección; sus fotografías eran siempre de objetos, nunca de personas. La terrorífica visión que se le ofrecía era tan impactante que prefería mirar las ruinas, los restos de la catástrofe, nunca el rostro humano doliente. El recuerdo de las conversaciones con su amante, tras una noche de amor o de espera ante la inminente batalla puebla otra gran parte de la narración.

No hay acción en la novela, salvo la de pintar, pues el ex fotógrafo, atrincherado en los agrietados muros de una vieja torre junto al mar que le sirve de taller y de retiro, se ha propuesto plasmar en aquellos viejos muros toda su experiencia de treinta años mirando la guerra a través de su visor fotográfico, experiencia que, tras la muerte de su amada, no puede sino rememorar en cada minuto de su vida, y está convencido de que no es con la fotografía, sino con la pintura con lo que puede extraer de su interior la esencia malvada de la naturaleza humana. Exorcizar los demonios.

Fotograma de “El séptimo sello”, de Ingmar Bergman.

El séptimo sello, de Ingmar Bergman

Así pues, tanto el pintor como el croata, como el Caballero y la Muerte en su larga partida de ajedrez, rememoran sus tangenciales vidas desde el punto en que confluyen y se separan. Markovic le cuenta su experiencia como soldado, como prisionero, como torturado y como torturador, evocando momentos tremendos.

Faulques no cuenta apenas, pero recuerda. Rememora los tres años pasados junto a Olvido, la mujer de su vida, una mujer que, huyendo de la ficción de la fotografía artística, de un mundo que ella entiende como irreal y frívolo, se une a Faulques en su continuo recorrer las guerras, en su continuo mirar el horror a través de la cámara, amándose en las más desoladoras situaciones, internándose cada vez más en el trágico drama bélico que hace surgir lo peor de la humanidad, su lado más oscuro y tenebroso.

Reverte sabe entrar no solo en el mundo del reportero bélico, puesto que lo ha vivido durante años, sino también en el alma del artista, y hace creíble sus movimientos con el pincel, mezclando los colores, dibujando las líneas en una dramática geometría, mostrando sus dudas y certezas, haciendo que el lector vea esa pintura, que es la pintura del alma del ex fotógrafo cuyos actos le pasan factura, no solo en su memoria, sino en la propia persona de Markovic, encarnación del ángel exterminador… o de su propia conciencia. Asimismo repasa la historia de la pintura de guerras, tomando de aquí y de allá personajes, rostros, gestos, líneas y colores, aprovechando las grietas de la propia pared, que, como ríos recorren el paisaje desolado. Ríos del olvido, Leteo en la memoria…

Fragmento de El cristo de la Vera Cruz, de Piero della Francesca.

El cristo de la Vera Cruz, de Piero della Francesca

Novela desgarradora, escrita con el corazón en la mano, adentrándose en la naturaleza humana, de modo sumamente lúcido y realista, usando en un estilo mezcla de flujo de pensamientos con diálogos y recuerdos. Recorrido por el horror y el dolor, por el amor imposible. Rememorando la vida humana, que desgraciadamente, parece no poder desprenderse de esa lacra, ese corazón tenebroso.

Fuensanta Niñirola.
Licenciada en Filosofía y Bellas Artes.
Artista plástica y crítico literario.

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